Algunos estudiosos, del tema, preven que en 10-15 años más de la mitad de empleos se habrán visto automatizados, digitalizados, robotizados o como quiérase llamarse. Otros, apuntan más alto con un 65%. Sea como fuera, percentil arriba o abajo, el mundo laboral seguirá cambiando aupado por los avances tecnológicos. Del mismo modo que muchos empleos desaparecerán, afortunadamente aparecerán otros de nuevos. Que, lógicamente, requerirán disponer de unas habilidades específicas.

Y eso es casi una paradoja de nuestra modernidad exponencial: “las máquinas nos humanizan”. Gracias al trabajo que hacen por nosotros, nos liberan espacio para nosotros mismos. Aunque al mismo tiempo hayamos creado una tiranía tecnológica ad eternum. Si, nuestro bienestar como sociedad, está basado en nuestra capacidad tecnológica, deberíamos ser capaces de recuperar la esencia del ser humano.

Un panorama es que dejaremos de tener curros aburridos para tener proyectos emocionantísimos. Los trabajos rutinarios, programables se automaitzarán y haremos aquello que las máquinas no saben hacer: crear.

Los emprendedores encontrarán oportunidades para ofrecer soluciones ‘human made’, que ninguna máquina será capaz de ofrecer. En algunos casos, volveremos a tecnologías antiguas revisadas. En este escenario, el hombre deberá hacer aquello que sabe hacer mejor, como humano. La artesanía, la creatividad, los trabajos manuales únicos e irrepetibles,. Y sobretodo, vivir. Y esto plantea nuevos horizontes para la realización personal.

El mundo laboral, nuestro oficio o trabajo, determina nuestra identidad. No solo por aquello que hacemos o como lo hacemos, sino también cuánto sacamos de ello, sea en dineritos o en ‘felicidad’. Estudiamos muchos años y dedicamos tantos otros para alcanzar nuestros objetivos profesionales. Y todo ello, no sin pocas dosis de sacrificio. Y, bien pensado, es un absurdo. Como seres, a priori, más inteligente en el planeta tierra debemos procurarnos la mejor calidad de vida. Entre todos. Veamos: si puede un robot hacer algo, que no me gusta hacer y, puedo dedicar ese tiempo a otra cosa, ¿por qué renunciar? Y llegados a eso, ¿es realmente tan importante lo que nos pensábamos importante?

Y esto requiere altas dosis de responsabilidad como sociedad. Tendremos un poder tecnológico a nuestro alcance como nunca antes habíamos imaginado. Y todo ello bajo hoja de doble filo de la condición humana. Ya existen think tanks de pensadores acerca de la humanización de robots o como debemos plantearnos la sociedad en entornos altamente digitalizados. La experiencia, hasta ahora, es que la tecnología nos ha tuneado algunas estructuras cerebrales, en el área comunicativa fundamentalmente. Sin hablar de las nuevas patologías psiquiátricas. Necesitamos pensadores, filósofos, escritores, artistas que nos den un propuestas de sentido, de existencia, de retos vitales. Debemos aceptar que gozaremos de muchas facilidades que nos permitirán centrarnos en nosotros como personas y en aquello que nos hace felices. Hoy, lo podemos tener claro puesto que es ahora que la brecha cultural y social se está formando. Pero en 10-20 años, el concepto de felicidad y autorrealización será distinto. Y debemos estar preparados para soportarnos a nosotros mismos.

Porque algunos gobiernos ya plantean cobrar impuestos a las máquinas y robots. Y, con lo recaudado, redistribuirlo a los ciudadanos como una pensión complementaria vitalicia. Ese ciudadano, volvería a meter ese dinero en el sistema con sus compras de bienes y servicios más básicos, los mínimos para vivir. Como si de un círculo virtuoso optimizado y digitalizado se tratara. El cálculo es fácil en algunos bienes de consumo. Automatización = reducción de costes = mejora competitividad = reducción de precios = más clientes = rentabilidad . La intervención humana, no nos engañemos, encarece el producto. En otros casos, cotizaremos por los nuevos empleos, por los sistemas de microretribuciones o por aquellas labores únicamente humanas que, como independientes, realizaremos. 

Imagino una posible sociedad, donde se cubran las necesidades básicas de la población y ésta, pueda dedicarse a las labores más bellas que solo el ser humano puede llevar a cabo. Tendremos la capacidad de redistribuir la riqueza entre los ciudadanos, aunque suene algo neo-soviético, de un modo que podremos explotar el potencial humano en áreas tanto de pensamiento, de investigación, creatividad, arte y expresión. Porque, al fin y al cabo, los robots nos ayudan a ser más humanos.